Soy militar. No un número, no un recurso, no un gasto en una partida presupuestaria. Soy una persona que, como miles de compañeros, juró defender a España con una entrega que va más allá de un horario, de un contrato o de un sueldo. Es una dedicación que se extiende las 24 horas del día, los 365 días del año, una promesa de servicio total que hicimos con orgullo. Sin embargo, hoy ese orgullo se ahoga en la amarga realidad de un desprecio institucional sistemático, palpable en cada nómina insuficiente, en cada puerta ministerial cerrada y en cada futuro robado a los 45 años. Este artículo no es solo una queja; es el testimonio colectivo de una profesión herida, de quienes sentimos que nuestro país nos ha dado la espalda.
La base de este abandono se siente cada fin de mes, en la cuenta bancaria. El sueldo de un militar de Tropa destinado en una gran ciudad como: Madrid, Barcelona, Valencia o cualquier capital de provincia con base, es una cruel ficción matemática. Con unos ingresos netos, con los que enfrentarse a un alquiler que absorbe más del 80% de los mismos, no es un desafío, es una condena a la precariedad. Las opciones son indignantes: vivir hacinado con otros compañeros como un estudiante perpetuo, resignarse a una vida sin intimidad en el acuartelamiento o, simplemente, rendirse y abandonar la carrera. Mientras, vemos cómo se debaten en otras esferas dietas por un solo día que equivalen a nuestro salario semanal. Esta no es una desigualdad económica; es una afrenta moral a quienes cargan sobre sus hombros la seguridad de todos.
La “dedicación plena” no es un concepto abstracto; es la cancelación de unas vacaciones familiares por una alerta, es la ausencia en cumpleaños y navidades, es la mirada de incomprensión de un hijo que crece con un padre o una madre más presente en una pantalla que en el hogar.
Carlos Pena Sanjurjo Vocal del COPERFAS – UMT

Esta explotación económica se sustenta en una exigencia de disponibilidad absoluta que raya en la servidumbre. La “dedicación plena” no es un concepto abstracto; es la cancelación de unas vacaciones familiares por una alerta, es la ausencia en cumpleaños y navidades, es la mirada de incomprensión de un hijo que crece con un padre o una madre más presente en una pantalla que en el hogar. Lo damos todo; tiempo, salud, vida familiar, porque ese fue nuestro juramento. Pero ese pacto se rompe cuando la institución no cumple su parte. No hay compensación por esas horas robadas, no hay reconocimiento laboral real, solo el silencio y la vieja cantinela del “honor” y el “deber”, usados cínicamente como un martillo para acallar la legítima reclamación de derechos que cualquier otro trabajador público da por sentados. Han convertido nuestros valores más sagrados en las cadenas de nuestra propia explotación.
El colmo de este desdén es el final programado: la jubilación forzosa a los 45 años. Después de dos décadas o más de desgaste físico y psicológico, de haber entregado la juventud y la salud, el sistema te escupe con un subsidio de miseria que apenas roza los 700 euros. Es la sentencia definitiva: te usamos, te gastamos y te tiramos a la cuneta de la pobreza con 45 años, una edad en la que cualquier otra profesión está en su plenitud. Este desprecio por nuestro futuro es el cáncer que mata la vocación. Los jóvenes lo ven, hacen cálculos y se alejan. Las Fuerzas Armadas se convierten, para muchos, en un último recurso o en un mero trampolín hacia otras oposiciones, nunca en una carrera digna de por vida. El Ministerio se lamenta de la falta de reclutas mientras destruye activamente las razones para alistarse.
Ante esta crisis evidente, la respuesta del Ministerio de Defensa, encabezado por la ministra Margarita Robles, no ha sido el diálogo, sino la evasión y el muro. La Unión de Militares de Tropa (UMT) ha presentado propuestas, ha mostrado sentencias judiciales favorables y ha solicitado una y otra vez una reunión seria para abordar esta emergencia. La respuesta ha sido el silencio administrativo, el aplazamiento indefinido, la negativa a reconocer siquiera la gravedad del problema. Esta actitud no es simple burocracia; es un mensaje claro: para ellos, no somos interlocutores válidos, no somos un colectivo con derechos, somos un problema molesto que debe ser ignorado hasta que desaparezca. Mientras otros ministerios negocian con sus sindicatos, a nosotros se nos niega hasta la conversación.
Por todo ello, y porque el límite de la paciencia ya se ha sobrepasado, nuestra postura ya no es de súplica, sino de firme exigencia. No pedimos limosnas ni privilegios; exigimos JUSTICIA. Exigimos un salario digno que refleje nuestro sacrificio y el coste real de la vida. Exigimos un diálogo real y vinculante, ahora, sin más excusas. Exigimos el fin del modelo de “usar y tirar” y una carrera con un futuro verdadero. Y, sobre todo, exigimos respeto. Respeto a nuestra persona, a nuestras familias, a nuestro estatus de empleados públicos y a nuestro sacrificio último. Señora ministra Robles, puede seguir escondiéndose tras los papeles de su despacho, pero sepa que el descontento ha dejado de ser un susurro para convertirse en un grito unánime. Y ese grito, el grito de la Tropa, ya no se puede silenciar. Nosotros no abandonamos nuestros puestos, no permitiremos que usted abandone su responsabilidad.
Carlos Pena Sanjurjo
Vocal del COPERFAS de la UMT
Delegado en Rota de la UMT